Los Príncipe -así directamente y con todas sus elipses- nos sitúan, año tras año en el mapa informativo internacional acercándonos a escritores, deportistas, investigadores y, en definitiva, personalidades del ámbito cultural, científico y político a nivel mundial. Personalidades que, probablemente y de no ser por la acertada iniciativa de un grupo heterogéneo de hombres como Plácido Arango, Emilio Alarcos o Pedro Masaveu por citar solo a tres, no habrían oído hablar nunca de Asturias.
Este año me gusta especialmente que se haya premiado el trabajo de tres neurobiólogos por sus aportaciones en la lucha contra enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, el Parkinson o el Autismo. Altam, Álvarez-Buylla y Rizzolatti son los Amundsen, Scott o Shackleton del siglo XXI, iluminando con su esfuerzo el continente casi desconocido que es el cerebro humano.Gracias a sus hallazgos sabemos que, al contrario de lo que se pensó hasta bien entrado el siglo XX, las neuronas se regeneran y que durante la vida adulta de los mamíferos se crean constantemente nuevas conexiones. También gracias a ellos conocemos las neuronas espejo, un concepto hermoso que nos permite comprender los mecanismos subyacentes a la empatía emocional, la imitación, la comunicación y el comportamiento social.
El Premio tiene también una vertiente social que, en una sociedad envejecida como la nuestra -no nos olvidemos de que Asturias tiene la tasa de natalidad más baja de Europa- es especialmente relevante. De los hallazgos en este área dependerá en parte nuestra calidad de vida en el futuro y la prevención temprana del Parkinson o el Alzheimer.
El Premio tiene también una vertiente social que, en una sociedad envejecida como la nuestra -no nos olvidemos de que Asturias tiene la tasa de natalidad más baja de Europa- es especialmente relevante. De los hallazgos en este área dependerá en parte nuestra calidad de vida en el futuro y la prevención temprana del Parkinson o el Alzheimer.
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